
Este ensayo se permite acudir a la memoria de quienes rodearon la vida cotidiana de
Carlos Emilio Grijalva, con el objeto de aproximar una semblanza de la que habría
de ser su personalidad. Recoge páginas de los archivos íntimos, donde han quedado
guardadas sus lecturas preferidas; sus sentimientos vertidos en versos que, manos
amigas, recogieron de su mesa de trabajo, cualquier tarde. Este ensayo se atreve
a recrear escenas, paisajes vitales, grabados en el legado ético de los sentimientos.
Así que, de imágenes, memorias y lecturas se aproximan, en estas páginas,
rasgos sobresalientes de la mente que lo guiaba, así como de una voluntad indómita que le permitía alcanzar sus ideales, puesto que era reflexivo hasta el punto
de examinar cuanta minucia testimonial llegaba a sus manos; era ilustrado como
pocos. Odiaba la ignorancia. Dotado de un gran poder de abstracción, su juicio
crítico era severo; si alguien ofendía su amor propio, no se eximía del sarcasmo;
exquisito en sus preferencias, amaba la poesía y el paisaje; su mayor ambición:
dejar a la posteridad un legado afincado en el honor y la sabiduría.
En las épocas de infancia y adolescencia, la presencia de monseñor Federico
González Suárez, plasma en la mente y en el corazón de Carlos Emilio Grijalva,
el ideal que fuera inamovible: dedicar su quehacer a la investigación histórica. El
entonces obispo de Ibarra, adquiere el carácter de modelo, tanto en la actividad
académica como en el marco institucional que, posteriormente, le proporciona
al fundar la Sociedad de Estudios Históricos Americanos.
